Aun en estado febril quiero ser consecuente con mi proposición y transmitiros los resultados de la cena de ayer. Creo que el balance general fue bastante positivo aunque, naturalmente, hay bastantes cosas que corregir. En primer lugar, decir que una de las cosas de las que más orgulloso estoy es de cómo me organicé para que me diera tiempo para todo, intercalando las diferentes partes de las recetas en función de su preparación de manera que no tuviera que hacerlo todo en el último momento. Parece, al así decirlo, algo sencillo; puedo asegurar que no lo es (sobre todo cuando son recetas que haces por primera vez y no sabes cómo te van a salir las cosas).
Una de mis grandes preocupaciones era mantener el orden y la limpieza en la cocina en todo momento. Casi lo consigo, tan solo se me desasjustó en el momento preciso de la comida cuando tocó emplatar y se me acumulaban los platos sucios con los nuevos. En eso tengo que organizarme mejor.
El entrante, si recordáis, eran las palmeritas de hierbas y queso. La verdad que fue toda una sorpresa descubrir que algo tan sencillo de hacer pudiera estar tan bueno. Además las posibilidades son casi infinitas, porque se les pueden echar muchas cosas. Las que presenté finalmente tan solo llevaban queso parmesano y algo de orégano, además de una pizca de pimienta blanca y pimentón dulce, lo cual creo que fue un acierto. En este caso, lo bueno cuando sencillo, dos veces bueno.
A mejorar, quizá la textura. Creo que pasó demasiado tiempo entre que las hice y se comieron (unas 8 horas aproximadamente). Estaban buenas, tiernas y riquísimas de sabor, pero habían perdido ese puntito crujiente de poco tiempo después de sacarlas del horno. Para un futuro, ya sabemos.
El primer plato consistía en la sopa de salmón ahumado con chantillí de lima. Tiene una cocción minuciosa pero agradecida para el que le guste la cocina. Fría estaba estupenda de sabor (creo que fue uno de los platos preferidos de la mesa), aunque caliente tampoco tiene que estar mal. En cuanto al chantilli de lima (chantillí en Cuenca y en la Avda. de Miraflores es nata montada) daba un toque gracioso, pero o no lo supe hacer bien o tampoco aporta mucho de sabor.
Se me olvidó poner el toque decorativo y sabroso del trocito de salmón ahumado encima de la nata montada, lo cual habría aportado algo de color a una receta tan monocromática (la taza de consomé tampoco ayudó mucho, pero no tenía otra cosa). Fallo. Tengo que estar más pendiente de esas cosas.
El plato principal era la hamburguesa de solomillo ibérico, hogos y trufa, parmentier de orejones y frito de guisantes. La hamburguesa estuvo sabrosa y en su punto, marcada en la plancha y puesta al horno a temperatura muy baja (unos 50º) en una olla de porcelana con un poco de fondo de carne para mantenerla caliente hasta que se consumiera. Estaba buena, pero es importante conseguir un mayor sabor a hongo y a trufa (creo que eso está directamente relacionado con la calidad del producto, supongo que no es igual las setas y trufas del Mercadona que las del Delicatessen del Mercado que cuestan 25€). El parmentier (puré) de orejones estaba muy bueno, muy adecuado para carnes de este tipo, aunque yo personalmente y mientras comíamos, eché de menos una salsa más líquida para acompañar la carne. El frito de guisantes sencillamente exquisito. un sabor muy novedoso.
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La ensalada fue la pifiada de la noche. Desde mi punto de vista, sobró de todas. Estábamos bastante hartos y más que aportar un toque de ligereza, que era mi intención, nos produjo pesadez. Además era bastante insulsa pues solo preparé la base de la ensalada César y nos dijo bastante poco de sabor. Es importante pensar en el número de platos.
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Menos mal que el postre nos hizo olvidarla. Retomamos el apetito y lo saboreamos con todos los sentidos. El sabor de la mousse de avellanas era exquisito y la butterscotch aportaba un punto dulce impresionante. El donut estaba muy bueno de sabor pero, como me apuntó uno de los comensales, más que un donut era una rosquilla. Cuando la comimos estaba un poco entera y había perdido gran parte de su esponjosidad (realmente era como una rosquilla de azúcar de las de toda la vida, pero con un sabor más delicado). Supongo que se trata de mejorar la masa y de no tardar tanto tiempo en consumirlas (desde que salieron de la sartén hasta que se comieron pasaron unas dos horas aproximadamente).
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Por último decir que el pan fue también un gran acierto. El pan de cerveza negra y avena es un pan oscuro, denso y de gran sabor (incluso un poco amargo) pero pensé que podía ser ideal para una comida donde los sabores tenían gran protagonismo. Me gusta el pan, y el sabor del pan. Un pan de miga blanca y dulce no habría aportado sabor ninguno y se habría perdido entre los platos de una comida que no pasaba precisamente por frugal. Además, de aspecto era muy bonito.
Bueno, eso fue todo. Espero que os haya gustado. Si alguien quiere alguna receta, no tiene más que pedirla. Saludos y buen provecho!